Capitulo III Laurence

por thesecretwriteraboutyou

Puerto de Marsella

                                                                                        Capitulo III

He dormido álgo, lo sé porqué ha salido el sol y puedo verlo desde la ventana, es un día más bien poco soleado pero no puedo digerírlo, mis gélidos párpados ya no entienden de sol ni de calor, no puedo sentir nada, no estoy corpórea, me siento etérea. ¿Esto ésta pasando en realidad? fué lo primero que pensé en el segúndo en que abrí los ojos, me he podido mover unos centímetros para alcanzar su almohada, tacarla y apretarla a modo de tapar el hueco que siento con álgo súyo, el dolor en mi pecho no me deja respirar, no puedo hacer simples movimientos con precisión, mi cordura se ha esfumado, ¿podría la vida ser mas dolorosa?. Con gran esfuerzo después de decidirme a vivir por hoy, sólo he podido levantarme y arrástrame hasta la silla ésta mañana, estoy sentada en la ventana con la bata de enfermedad blanca, en el sillón de color salmón mis manos están extendidas sobre los posaderos de madera, tráspaso la ventana con mis ojos, pero mi mente está más allá, bordeando descalza el camino por el cual camina Heathcliff y no puedo hallarle.

Estoy a punto de pensar que nunca túve que venir a Francia, ¿porqué túve que encontrarle aquí?, ¿dos veces en una misma vida?, ¿Quién se encuentra dos veces en Marsella? ¿en el mismo punto en La Canebière?,

La primera vez fué un viernes, muy temprano en la mañana, yo salía a buscar algúnas frutas al despuntar el primer rayo de sol, pués, es la única manera en que en el mercadillo mas antíguo de Francia  se encuentren las más deliciosas  y bellas frutas, el pescado más fresco, y el pan nuevo, nuevo. Había caminado ya unas cuantas callecitas, ya estaba el cielo dando todos los colores. Me adentré en el mercadillo tan rápido y me perdí en las caras de los vendedores. Me detuve allí, en el puestito violeta. Cuando me dispuse a buscar dentro de los cestos las manzanas, ví en el muelle del Vieux-Port que había llegado un barco con marineros de álguna parte, lo estaban ánclando al viejo muelle, yo pensé para mis adentros: <vaya que llegó la fiesta del oro>, Me fijé que uno de los marineros átaba todavía  los cabos que habían tirado desde el barco, con qué astucia se desenvolvía,<buen marinero seguro>- pensè, las gaviotas con sus escandalosos quejídos parece que le daban la bienvenida.

–     Aller! Mademoisuelle, – me dijo el marchante, entregándome la bolsa para meter las manzanas ya dispuestas a venderse.

–     Mais, oui, excuse moi,! , merci monsieur,- tomé solo algunas, las más rojas, cerré la bolsa, dí un franco y así me despedí de ese puestecito.

Saqué la primera manzana de la bolsa y la probé, <!que sabor!>-dije para mis adentros-, mientras veía como salían los marineros del “Olympus of the Sea”,-Liverpool-, nombre que leían mis ojos en letras doradas de buen tamaño, grabadas en la madera del recién llegado barco.

Camínaba en dirección al muelle, y fuí observando cómo poco a poco, salían los caballeros del  barco, ¡Vaya! Que no tenían uniforme de marineros, me pregunté si serían presos o delincuentes, me reí  y pensé para mis adentros: < Aquí no entran tan fácil a menos que vengan a fusilarlos>. Seguí caminnado sin  apartar la vista de las gaviotas, del mar que estaba a ésa hora más bien azul con chispas plateadas, degusté el delicioso ároma del mar tan salado y dulce como un higo, miré el cielo y las nubes perfectas formaban figuras de terciopelo, me fui aparatando así, del mercadillo, de la gente que cómpraba, de las frutas que relucían desbordadas sobre sus pequeñas canastas, del pescado expuesto a la vista del más custodio público, de los aceites que se vendían con tanta premura, de las galletas que rechinaban envueltas en sus papelitos rojos, del olor a café que venía del puesto de Jean Cloud, que hacía el ambiente típico de una mañana en el mercado, particularmente a esa hora sonaba un violín a lo lejos a modo de ambiente, traté de grabar esa melodía en mi memoria con el nombre de “Vieux-Port song” allí quedaron las palomas en el suelo picando los pocos desechos del pan, las señoras ya preparadas para conseguir las más sonoras ofertas, ya no me envolvía todo aquello, quería seguir mirando el barco y su ajetreada llegada , seguí caminando hasta acercarme a la baranda que separa el muelle de la callecita, entonces allí, en ese preciso instante, fué que lo ví.

Bajába de la rampa de madera que comunicaba el muelle con el barco, se distinguía del resto como una persona en particular, alta, más bien como bronceada, con pelo negro largo, lo ví  fornido, vestido con pantalón gris oscuro, una camisa entre abierta blanca que déjaba ver su pecho bien formado, brillante, podía decir que se veía muy joven más tenía un semblante de haber vivido cien años, llevaba al hombro su saco negro, aquél que ya sé donde está y qué significa para mí.

En las manos llévaba papeles, parecía tranquilo a pesar de verse sumamente perdido, ¡parecía que lo hubieran sacado de un hábitad en  particular!

–     Eh! Aller! Aller! Mon Dieu! Voila Le France!  – le dijo un marinero, dando palmadas a su hombro, venía vestido similar a él pero con mejor acomodo, tenía una sombrerillo blanco que hacía juego con su fresca camisa blanca, qué guapo era, muy rúbio y con una sonrisa hermosa. Heathcliff lo miró, casi sin ganas, sin expresión de alegría o curiosidad algúna, daba la impresión de haber perdido una batalla donde nadie podía devolverle el botín. Y le dijo entonces en ingles:

-¡ What the hell are you saying to me!, ¿cant´ you see?, !I didn’t sleep in days..! I can’t even remember my own name or say it!-

El mozo pareció haberle entendido en su malestar y cansancio, parece que hubiera surgido una compasión de amigos o  quizás  de una sociedad en una charla previa durante el viaje, acercándose aún más a él sin dejar de tocar su hombro, le dijo:

–     Verás Heathcliff, has de cambiarte el nombre, o por lo menos ubicar uno un poco más parecido al francés, así se hará mas fácil tu estadía y allá en el astillero necesitaras uno, la construcción de los barcos la hacemos entre Ingleses y Franceses y eso es complicado, ya sabrás de qué hablo.

-¡Váya que has tenido suerte la verdad! – volvió a decirle con ánimo- ¡Mírate!, ¡dilo por tí mismo! ¡El último recluta de la marina Inglesa que viaja desde Liverpool hasta Marsella!, ¡sólo por haber podído cargar en el barco las pesadas municiones él solo! ¡Váya que eres fuerte Heathcliff! ¡Ésta noche lo celebraremos en la taberna!

Heathcliff támpoco ésta vez expresó nada en su mirada, no contesto ni una sola palabra, solo observó con frialdad el resto de los marineros que caminaban hacia el final del muelle justo donde comienza la callecita del mercado y donde yo estaba parada todavía con una manzana y unos gatos ronroneándome bajo el véstido.

-¡Laurence! , ¡Laurence! – vuélve no te váyas tan léjos, si vas a alimentar a las gaviotas hazlo desde aquí donde yo te pueda ver- Dijo, una señorita a su nenito que se distraía con las gaviotas, el alboroto del barco, los marineros y la colorida y ruidosa callecita.

Volteó la mirada hasta ella, enarcó una ceja, miró al nenito en el suelo con désgana, miró las migas de pan atiborradas en el suelo, se quedó fijo allí, estaba deliberando. En minutos volvió a mirar a su amigo el otro marinero, respiró aire hasta llenar sus pulmones, exhaló y mostró un poco la palma de su mano diciendo:

-Muy bien, llámame ahora  Laurence Heathcliff, o sólo Laurence H.- y levantó su dedo para apuntarle y comenzó de nuevo – ¡Llámame también vino, nunca he de haber tomado tanto vino!,-

El otro se rió, y levantó su mano en señal de haber acertado.

El nuevo Laurence esperó hasta que el otro marinero cogiera su saco y sus cuerdas, sacudieron sus botas de las gotas de agua y de las algas que se habían desprendido de un cabo del barco, dispusieron la marcha justo hacia mi dirección, caminaron con cansancio, observando todo a su alrededor, señalaron algúnos diferentes puntos en la lejanía a medída de pregunta y respuesta, hablaron entre sí hasta llegar a la baranda de la puerta del muelle.

Allí estaba yo, mordiendo y masticando una manzana sin expresión algúna, complacida con la vista de la mañana. Pasó a dos centímetros de mí, así pude mirar sus inexpresivos y hermosos ojos, un par de palmeras azules, <que magnífico galán sombrío>, -pensé para mis adentros-. Al pasar por mi lado aún mas cerca, nos miramos de reojo los dos, yo miré poco por miedo a que descubriera que había presenciado completamente  la escena anterior, él seguramente lo hizo por no comprender con claridad si quien lo miraba era una esfinge o un fastasma.  Volvió la cabeza y dirigió su media mirada por segúnda vez hacia mí, volví la mía justo después de la de él. Se miraron así dos almas perdidas en la misma dirección.

Percibí su aroma y lo respiré por unos segúndos más, cerré los ojos y sentí como en mi pecho se abría un corte que sentí  llagar hasta a mis pupílas, exhalé dos veces y me sóstuve de la baranda con fuerza. Ya he dicho antes que él olía a la bruma del mar. No es cuestión de sorpresa.

Esa misma tarde ya partí a San Petersburgo, a mi tierra natal Rusia, habia pasado una semana inolvidable, conocí el famoso teatro pero no pude por cosas del destino a entrevistarme con el dueño asi volví a la casa de la tórtura, a los recuerdos de Mamsuka, al asfixiante veneno, al estado de nervios en vílo, a la désdicha desmedida de una juventúd casi perdída, llevába de Marsella la sapiencia de que siempre hay un sitio mejor, un pueblo mejor, un corazón mejor, como por ejemplo el de Jean Claude, quien fue mi amigo desde la primera vez que fuí al mercadillo, y a cambio de poesías rusas me regaló caramelos.

“Au Revoir ¡ Jean Claude!”

“Good bye sailor, I really didn’t expecting you. I carry you now like the hole in my chest, I wish you just luck”- <díje para mis adentros>.

****

“Dhanka, mon cher, no sé nada de tí, sé que estás arriba y no te he visto bajar, ya hoy es mi último día aquí en la taberna del teatro, en dos días abro mi joya preciada, ya tú sabes “Le Arrete avec Lio” no va a ser fácil volver a vernos tan seguido, no es tan cercana distancia y sé que los horarios del teatro no te permitirán ser mi huésped a menudo, ¿podríamos conversar?, no te he visto desde la mordida del perro, te he estado buscando, tengo vino, acompáñame, en las penas de la despedida sólo me dijo tres cosas:  la primera: Debo ya mismo enfrentar mi vida y enfrentar a mi alma, la segúnda: no es traidor el sendero bien conocido, es más bien una ventaja conocer las rocas una a una , la tercera: es el esperar un delirio y el acometido un alivio.
Déjame saber si te busco para que puedas bajar con facilidad.
¿Te espero Dankhuska?
También me siento como tú,
Lio.

Me he levantado con mas esfuerzo aún de la silla donde estoy desde ésta mañana, ¿Qué hora es? Hace rato  que hay luna, está reflejada en la ventana en vez del sol, todo esta oscuro, debo encender algúnas velas.

He escuchado levemente a lo lejos dentro de mi meditación y delírio que álguien tocó mi puerta, supongo que al no responder a su llamado ha dejado la nota debajo de la puerta, seguramente no pestañeé ni siquiera al saber que llámaban, pues sé que no es Laurence H., ya no lo siento aquí. ¿Qué otra cosa  podría levantarme?

Lio finalmente se vá, ha sido como mi hermano aquí en Marsella, es el único a quien le dejo llamarme Dankhuska aquí, apenas he pasado mis ojos por su nota, la he dejado en la mesita, no sé que poeta de turno habrá citado para su despedida, pero me parece un pensamiento muy acertado para mi no corazón y para mi nueva desolación. Si de verdad supiera qué me ocurre no diría “también me siento como tú”…

En tantas oportunidades ha hecho papeles muy pequeños para Pascal, pero parece que se le hace más fácil servir y lidiar con los embriagados actores, poetas, letrados, damiselas desesperadas, cuentístas de toda índole, payasos y demás personajes bohemios. ¡Piensará que mi aflicción solo puede venir a causa de que ya no pueda verle abajo en la taberna del teatro!  si, claro, seguramente….

Ah! ¿Si tanto nos quiere como puede cambiarse de una taberna a la suya propia fuera del teatro?¿En qué demonios piensa?, yo nada mas concluyo que es tarde para que diga eso, se suma otra miseria que en otra ocasión podría haber sido tristisima, ya hoy no lo es…

Él no sabe nada, nadie sabe lo que en realidad esta pasando, un pequeño  mundo se víno abajo, nadie se ha dado cuenta de que Heathcliff, no está, se ha ído, sé que han pasado solo pocas horas, pero para mi cada minuto se ha vuelto una recurrente tortura, ¿cómo el dolor físico se apodera de un alma y la deja en este estado?. Siento tanto que ya no siento nada. Quiero y no quiero ver a Lio, no puedo pronunciar palabras elocuentes ya hoy, no puedo despedirme, hoy menos que ningún otro día. ¡Au revoir! Lio que mal día has escogido tú también para despedirte. Sé que mañana vendrá a buscarlo Monsieur Pascal, ya parecerá raro que nínguno de los dos nos hemos dejado ver, Necesitará que él comience sus ensayos de Otelo, vendrá seguro a buscarlo y no lo encontrará, tendré que hablar… que esfuerzo tan agonizante… oír mi propia voz vacía sin el…

Volveré a recostarme en la almohada de L.H, quiero arrastrarme hasta la cama, el vendaje de mi tobillo se ésta deshaciendo más y més, ¿Cómo podré ahora, así?  La verdad ya no me duele la herida en el pie, ¿será que ya no noto ese dolor menos intenso? La última vez que pude sentir el pinchazo agúdo en mi herida del tobillo, fué sólo hace unas cuantas horas, cuando “Hades” a modo de que yo no hiciera ni el mínimo esfuerzo para sostenerme con ese pie, se apoyó de la pared apoyándome de espaldas contra él, sintiendo su corazón latir, para susurrarme al oído las últimas palabras que escucharía de su dulce voz…

*****

También he recordado que hoy es domingo.

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